Bitacora

El “cola’o” en familia

Por Luis Joel Méndez González

Los supermercados se inundan de clientes que buscan desesperadamente un colador de café cada vez que se anuncia algún huracán. En otros instantes, cuando la luz se va por algunas horas, todos sacan del gabinete ese pedazo de tela que posee la cualidad de colarnos una taza con la bebida de mejor sabor que pueda degustar nuestra boca.

El colador se ha convertido en un objeto que con sus escasas apariciones une a las familias puertorriqueñas. La unión a los nuestros cuando de vez en cuando éste aparece en las cocinas del país, nos recuerda, en cierta manera, eso que nos hermana con el resto de Latinoamérica: el amor hacia la familia.

Por un lado, lo que por mucho tiempo nos definió como país se pierde a pasos agigantados: el tejer de una hamaca de maguey, el cantar de un aguinaldo o el orgullo de versar una buena trova. Sin embargo, por otro, el visitar una vez en semana a los abuelos para que los nenes compartan con ellos se mantiene en pie.

No cabe duda de que la cultura evoluciona, no es estática. El tiempo es una ola que con cada golpe modifica la forma de las rocas. ¿Pero por qué las familias como las conocemos en Puerto Rico poseen el mismo valor emocional pese al ineludible paso del tiempo? ¿Ese cuchicheo, ese jolgorio, ese afecto tibio?

La familia nuclear estadounidense compuesta por mamá, papá e hijos -que se tienen que ir de la casa a los 18 años-, por ejemplo, no ha logrado imperar en nuestro país a diferencia de ciertos anglicismos lingüísticos o de ciertos platos culinarios. Para nuestra fortuna, se mantiene en pie la familia extendida.

Incluso, si un rasgo particular posee la diáspora puertorriqueña que la une con lo que somos en esencia, es que no importa que sean boricuas de segunda, tercera o cuarta generación, siempre mantendrán el buen gusto de colar unas cuantas tazas de café para tomarlas en compañía de los suyos.

Imaginarse una reunión en casa de la abuela o un atardecer en el campo sin un “café cola´o” tal vez era imposible hace algunos años. Hoy, a pesar de que su presencia solo es evocada por la falta de energía eléctrica o por la llegada de alguna tormenta, el colador de café preserva la misma magia ante nuestros ojos, produce el mejor sabor para nuestras bocas, el típico calorcito de familia.

 

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