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Entre colores y artes se “revitalizan” sectores marginados en Puerto Rico

El arte ha transformado los rostros de las comunidades más marginadas por la desigualdad social y la pobreza, tales como Cantera de El Cerro, en Yauco.  
Por Luis Joel Méndez González | Messier Z. Torres Feliciano

Mientras recorres la carretera 375 —en el sur de Puerto Rico— sientes que el viento azota tu rostro y observas los colores brillantes de Cantera de El Cerro, en Yauco. Los mosaicos azules, verdes, naranjas y amarillos parecen un rompecabezas que ha sido pintado sobre las 20 viviendas que se encuentran ubicadas en este sector marginado. 

En el cerro se encuentra el hogar de Carmen González Cruz, residente de la comunidad desde hace más de tres décadas. Este sector marginado en el que “tiraban tiros y habían farmacias (o puntos de droga)”, pasó de estar “bien deteriorado” a “totalmente distinto”.

En contraste con lo que se veía en el pasado, ahora, “la comunidad tiene un sentido de pertenencia”, expresó la residente. “De lo que era antes a lo que es ahora, el cambio ha sido drástico”. 

En esta comunidad 13 murales fueron pintados, en 2018, como parte de la iniciativa “Yaucromatic II”. Entre la veintena de artistas involucrados estuvieron Betsy Casañas, Ana Marieta, Celso González, Jean Oyola, Doel Santana, Rachel Smith Sepúlveda, Joshua Montalvo, Alexander Sánchez, Esteban “Fisu” Mercado, Danilo Lozada, Diego Rodríguez, así como el pintor, arquitecto y creador de “Pintalto”, Samuel González Rodríguez.

Pese a que el pintor no creció o nació en un sector marginado, se unió a la iniciativa para intentar erradicar el discrimen que existe entre clases sociales, así como el estigma de “que en los cerros pasan cosas malas”. 

“Queremos resaltar que los buenos son la mayoría en esos lugares”, dijo el creador de “Pintalto”. 

Iniciativas como “Los Caños se levantan con colores y valores”, “Arecibo es Color”, “Arecibo es 500!”, “Santurce es Ley” y “Graphopoli” se han gestado para revitalizar los sectores o las comunidades marginadas por la pobreza y la desigualdad social en Puerto Rico.

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Puerto Rico es el tercer país con mayor desigualdad social en el mundo justo detrás de Sudáfrica y Zambia, de acuerdo con el Centro de Información Censal (CIC) de la Universidad de Puerto Rico en Cayey. Esto significa que para las personas de bajos recursos es más complicado salir adelante en comparación con los que sí tienen. El 44.5% de la población vive bajo niveles de pobreza, según datos recopilados entre el 2014 al 2018 por la Encuesta sobre la Comunidad de Puerto Rico del Censo de Estados Unidos. 

Si bien es cierto que en las comunidades marginadas es en donde más se violan los derechos civiles, según la socióloga especializada en el estudio de comunidades, Luisa Seijo Maldonado, también “es en donde están los mejores artistas, deportistas y atletas”. 

No tomar en cuenta las necesidades educativas, salubristas o recreacionales de estos sectores es uno de los grandes errores que cometen las personas y las entidades comunitarios que intentan ayudar, indicó. Por ejemplo, no tomarse el tiempo de escuchar a los residentes

En las comunidades marginadas tanto por la pobreza como por la desigualdad social, el arte es una alternativa para lidiar con el sufrimiento. Es una manera de trabajar con los deseos, afectos, miedos e incluso padecimientos, explicó el psicoanalista, Eduardo Valsega Piazza. 

No obstante, es importante que el arte no invisibilice la desigualdad social y económica de estos sectores marginados, sino que la visibilice, recalcó  el psicoanalista.

La función psicológica del arte

“La manera en la que el arte funciona para el psicoanálisis, si bien puede ser un catarsis, implicaría que la persona se pueda involucrar”, enfatizó. “Lo que se busca es que si a la persona le apela o le resuena en algo lo que está pasando, la persona pueda asumirlo y empoderarse”. 

El impacto de las iniciativas de arte en los sectores marginadas dependerá de cuán identificados se sientan los residentes con el proyecto, dijo la psicóloga social-comunitaria y autora de la investigación “Proceso de transformación comunitaria a través de las artes escénicas en dos escenarios comunitarios”, Yazmin Maldonado Peña. 

“Esa parte del compromiso grupal, del sentido de pertenencia, de la solidaridad, es sumamente importante y crea un proceso único”, acotó la psicóloga social-comunitaria. 

El arte cuando transforma a un individuo puede transformar a un grupo mayor, enfatizó. “Cuando se junta un grupo pasa algo diferente (…) porque el proyecto grupal crea una imagen y un concepto más amplio, más allá de simplemente aportar un granito de arena”.

El arte es una opción en la que invertir el tiempo de manera productiva y alejada de los conflictos, opinó Maldonado Peña. 

El arte en las actividades comunitarias 

“El arte, más allá de un desarrollo creativo (…) te lleva a entender que desde lo individual hasta la parte comunitaria, social e integral del colectivo, [los residentes] se vuelven más fuertes”, reflexionó el artista plástico y activista social, Edgardo Larregui Rodríguez.

El pintor mencionó que iniciativas artísticas tales como pintar en sectores marginados brinda a sus residentes la oportunidad de involucrarse, lo que se puede replicar a nivel comunitario. Mientras, el que las comunidades luzcan más atractivas por los colores y las artes les anima a sus residentes a establecer sus propios quioscos.

Sacar el arte de los museos permite que las personas puedan conocerlo, observarlo y disfrutarlo de manera accesible, opinó la curadora de arte y gestora del proyecto “Arecibo es Color”, Cynthia Velázquez Arroyo. Les brinda la oportunidad de descubrirlas y practicarlas, así no cuenten con los recursos económicos para desarrollar sus habilidades.

La curadora de arte expresó: “cuando hacen un mural es como un museo al aire libre que llega más al pueblo”. 

Y es que el arte permite plantearse nuevas metas y objetivos no importa el lugar de origen. Los colores y el arte impactan, incluso, cuando se proviene de una comunidad marginada y estigmatizada por la pobreza y la desigualdad social en lo más recóndito de Puerto Rico. 

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El “cola’o” en familia

Por Luis Joel Méndez González

Los supermercados se inundan de clientes que buscan desesperadamente un colador de café cada vez que se anuncia algún huracán. En otros instantes, cuando la luz se va por algunas horas, todos sacan del gabinete ese pedazo de tela que posee la cualidad de colarnos una taza con la bebida de mejor sabor que pueda degustar nuestra boca.

El colador se ha convertido en un objeto que con sus escasas apariciones une a las familias puertorriqueñas. La unión a los nuestros cuando de vez en cuando éste aparece en las cocinas del país, nos recuerda, en cierta manera, eso que nos hermana con el resto de Latinoamérica: el amor hacia la familia.

Por un lado, lo que por mucho tiempo nos definió como país se pierde a pasos agigantados: el tejer de una hamaca de maguey, el cantar de un aguinaldo o el orgullo de versar una buena trova. Sin embargo, por otro, el visitar una vez en semana a los abuelos para que los nenes compartan con ellos se mantiene en pie.

No cabe duda de que la cultura evoluciona, no es estática. El tiempo es una ola que con cada golpe modifica la forma de las rocas. ¿Pero por qué las familias como las conocemos en Puerto Rico poseen el mismo valor emocional pese al ineludible paso del tiempo? ¿Ese cuchicheo, ese jolgorio, ese afecto tibio?

La familia nuclear estadounidense compuesta por mamá, papá e hijos -que se tienen que ir de la casa a los 18 años-, por ejemplo, no ha logrado imperar en nuestro país a diferencia de ciertos anglicismos lingüísticos o de ciertos platos culinarios. Para nuestra fortuna, se mantiene en pie la familia extendida.

Incluso, si un rasgo particular posee la diáspora puertorriqueña que la une con lo que somos en esencia, es que no importa que sean boricuas de segunda, tercera o cuarta generación, siempre mantendrán el buen gusto de colar unas cuantas tazas de café para tomarlas en compañía de los suyos.

Imaginarse una reunión en casa de la abuela o un atardecer en el campo sin un “café cola´o” tal vez era imposible hace algunos años. Hoy, a pesar de que su presencia solo es evocada por la falta de energía eléctrica o por la llegada de alguna tormenta, el colador de café preserva la misma magia ante nuestros ojos, produce el mejor sabor para nuestras bocas, el típico calorcito de familia.

 

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